sábado, enero 21, 2017

Una norma que suele faltar en casi todas las constituciones


Estados Unidos tiene una provisión en sus leyes muy sabia que poquísimos países tienen: una clarísima lista de sucesión presidencial. Si hubiera un atentado terrorista masivo, por ejemplo, el día de la inauguración presidencial en el que murieran casi todos los integrantes de los poderes públicos allí presentes, hay once cargos que asumirían plenamente la presidencia de la nación por orden de precedencia.

-Vicepresidente
-Presidente del Congreso
-Presidente pro tempore del Senado
-Secretario de Estado
-Secretario del Tesoro
-Secretario de Defensa
-Fiscal General
-Secretario del Interior
-Secretario de Agricultura
-Secretario de Comercio
-etc, etc

No sólo eso. Durante esta inauguración, cincuenta miembros de las secretarías no están presentes por si pasara algo. Cincuenta miembros que pudieran dirigir el Gobierno en todos sus niveles y departamentos. Y, además, hay un superviviente designado (uno de esos once miembros) que no sólo no puede asistir a la ceremonia, sino que tiene que estar en un lugar protegido y vigilado. Para que si hubiera un atentado, de inmediato pudiera asumir la presidencia de la nación.

La posibilidad de un gran atentado es una posibilidad real. Más naciones deberían copiar esta sabia medida. No sólo eso. Las constituciones deberían proveer una medida para llenar el vacío de dirección en caso de ausencia de todos los poderes. ¿Qué sucede si no queda nadie de una larga lista de sucesión? No hay que dejar nada a la improvisación en un tema tan delicado.


Tras un atentado terrorista masivo, no es momento para celebrar unas elecciones. Hay que dejar tiempo para que las cosas se calmen y la población pueda votar con serenidad. Mientras tanto, no puede haber un vacío de poder cuando más falta hace una dirección.

Post Data: Veis cómo no es tan difícil no hablar de Amoris Laetitia. Si uno se esfuerza, se puede.

viernes, enero 20, 2017

Todo, al final, se reduce a una cosa


Hoy, por supuesto, iba a hablar de cualquier cosa menos de Amoris Laetitia. Pero todos sabemos que hay algo de adictivo en esa exhortación; exhortación, ¡no encíclica! Vuestros comentarios, os lo digo con toda sinceridad, me han resultado muy valiosos. Me han ayudado en la meditación de un texto que sin comentarios de unos y de otros hubiera quedado más desnudo. Gracias, Gansito, por tu comentario.

Como cierto comentarista ha señalado, veo tan clara la sobrenaturalidad de la Iglesia, la acción del Espíritu Santo en ella, que por eso acepto de todo corazón lo que en sus ejercicios, san Ignacio de Loyola nos enseñó en sus reglas para sentir con la Iglesia, la decimotercera dice así.

Debemos siempre tener, para en todo acertar, que lo blanco que yo veo, creer que es negro, si la Iglesia Jerárquica así lo determina, creyendo que entre Cristo nuestro Señor, esposo, y la Iglesia su esposa, es el mismo Espíritu que nos gobierna y rige para la salud de nuestras ánimas, porque por el mismo Espíritu y señor nuestro, que dio los diez Mandamientos, es regida y gobernada nuestra santa madre Iglesia.

Con la transcripción de esta regla, de ningún modo, pretendo zanjar una discusión que resulta enriquecedora para todos, cuando se realiza con el respeto que la mayoría habéis mostrado.

En este último post, creo, sobre el tema (por un tiempo) quisiera decir que fruto de esa sobrenaturalidad del misterio de la Iglesia, los sacerdotes deberíamos ser mucho mejores de que somos. Y los obispos deberían ser los más santos, prudentes y sabios de entre los mejores sacerdotes. Los cardenales tendrían que ser la flor y nata del clero. Y el Papa… para esa función sobrehumana debería escogerse al mejor de los mejores: al más santificado por el Espíritu Santo, al obispo más sabio que se pudiera encontrar, al pastor más prudente que pudiera hallarse.


Y que nadie me diga que eso es imposible, porque ciertamente entre los más de 400.000 presbíteros de la Santa Iglesia Católica alguno debe ser el mejor. En mi libro Colegio de Pontífices intenté dar mis razones acerca de la conveniencia de cambiar el criterio por el que el Santo Padre escoge a los príncipes de la Iglesia.

Al final, no nos engañemos, todo se reduce a eso. Todos los problemas del clero se reducen a una sola cosa: la necesidad de reformar la jerarquía en base a la santidad.

jueves, enero 19, 2017

Los comentaristas como parte integrante del blog. El blog como diálogo. El mismo Magisterio papal como resultado del diálogo y causa de diálogo.


Primero de todo, fe de erratas: perdón por mi lapsus, todo el rato hablaba yo de encíclica, cuando Amoris Laetitia es una exhortación apostólica. Pero quizá este error no deje de tener un propósito divino, pues ha permitido que Alejandro me recordase que una exhortación apostólica tiene un grado de importancia magisterial menor que la encíclica. Si a eso añadimos que una exhortación, en principio, no trata de definir la fe de la Iglesia, no deja de ser un error interesante que me ha permitido caer en la cuenta del hecho de que se trata de un documento de rango inferior.

La cuestión del rango no zanja la cuestión, pues, al fin y al cabo, magisterio es. Pero tampoco resulta intrascendente recordar que el mismo Papa no ha querido darle el rango de una encíclica. Es un dato que no resulta intrascendente, pero quizá no sea relevante para la discusión teológica. Me gustará escuchar las opiniones que queráis dar sobre este mínimo punto.

Por supuesto que escucharé a quien tenga que dar una opinión de algún valor. Los comentarios de algunos (que ni siquiera me molesto en borrarlos) ciertamente carecen de cualquier valor: son meros puñetazos. Algunos comentarios sólo tienen la función de desprestigiar al autor que los escribió. Tomados así, aun sin valor, no dejan de carecer de alguna función.

No voy a mencionar todos los buenos y hasta magníficos comentaristas que ha tenido mi último post. (Incluso el buen humor ocupa su digno lugar entre los comentarios.) No pocos han aportado elementos muy dignos de ser tenidos en cuenta. Leer a Alfonso siempre es un placer. Estoy de acuerdo con él: algunos, por amor a la Eucaristía, golpean al prójimo en la lengua. Me gustaría que mi blog fuera (a veces, cuando el tema es serio) un lugar de discusión para gente que piensa. Pero los guardianes de la galaxia pueden quedarse. Nos viene bien recordar que también ellos están allí como Buzz Lightyear.

Quiero decirle a Margarida que, por favor, nos escriba en portugués: sus palabras han sido sabias. Le pido disculpas por el comentarista anónimo que le faltó a la caridad. Este blog lo leen algunas personas en Brasil. Que sepan que, como siempre, está abierto a sus comentarios en su melodiosa y dulce lengua.

Debo llamar la atención sobre un punto que mencionó Alejandro: y es que la teología ha dedicado apenas ningún espacio a recapacitar acerca de la posibilidad de un magisterio pontificio ordinario falible. Resulta llamativo que en veinte siglos no se haya dado ningún caso. Los dos casos más dignos de estudio no constituyen una excepción. Sea dicho de paso, tampoco hemos tenido en veinte siglos ni un caso de Papa demente al final de su vida.

Quizá un magisterio pontificio ordinario falible sea posible, pero quizá Dios vele para que nunca se dé. Quizá un Papa demente en su vejez sea posible, pero quizá Dios intervenga para que nunca suceda.


Seguiré pidiendo luces al Señor. Aunque me conformo con, al menos, no hacer errar a otros. Hay cosas de difícil armonización entre el magisterio moral de Juan Pablo II y las exhortaciones pastorales del Papa Francisco. Eso estimula nuestra inteligencia. Hay cosas que no sé muy bien cómo casarlas, pero mi intuición (mi pobre intuición) me dice que la dirección del Papa Francisco es un deseo de Nuestro Señor Jesucristo. Pero necesito tiempo. Yo creo que todos necesitamos tiempo y ánimo sereno. 

El tiempo impondrá una síntesis perfecta de un modo paternal, paulatino, sin vencedores ni vencidos. Soy optimista. Detrás del tiempo estará Dios.

miércoles, enero 18, 2017

Sobre los obispos de Malta y Gozo


Sobre el tema de Amoris Laetitia está la postura de los “opositores tradicionales”, piensan que el Papa morirá, otro le sucederá y las cosas volverán a su cauce. Piensan que como el Papa no ha dicho nada ex cathedra y en su magisterio no hay ninguna proposición insalvable, todo se podrá reconducir.

No soy muy crítico con estos opositores, pues su postura se basa en una verdadera lógica: verdadera pero no completa. Justo es reconocer que ellos no defienden esta postura por maldad, ni por terquedad, sino en la convicción de que no hay otra posibilidad para ser consecuentes con el magisterio precedente.

Pero defender esta postura tiene sus complicaciones teológicas. Pues supondría que hay encíclicas que aceptamos y otras que no las aceptamos. Supondría defender que hay un magisterio papal al que hay que estar abierto y otro magisterio papal al que hay que cerrarse. No admitiríamos un magisterio papal por razón de otro magisterio papal.

Realmente, en el devenir teológico es difícil hacer como que no hubiera existido Amoris Laetitia porque, nos guste o no nos guste, existe: existe en presente. El magisterio de todas las épocas existe en presente. La voz de Pedro como maestro una vez que ha sido proferida como el maestro que es no puede dejar de existir. Eso vale para la encíclica presente, pero también para las precedentes.

Por eso, la postura teológica más correcta es la compenetración de todos los magisterios papales, los cuales conforman un único magisterio, un único río que fluye y que se enriquece con nuevas aportaciones. Aportaciones que nunca serán contradictorias, aunque puedan parecerlo.

Soy muy consciente de las complejidades de compatibilizar ciertos fragmentos de Veritatis Splendor con Amoris Laetitia. No sería yo honesto si dijera que no hay ningún problema. Ahora bien, en el pasado se han compatibilizado enseñanzas que, a primera vista, parecerían no sólo divergentes, sino contradictorias: la defensa de la verdad de la fe con el ecumenismo, la confesionalidad del Estado con la defensa de la libertad de conciencia y los derechos humanos, incluso la Inquisición con todo un magisterio anti-inquisitorial, por sólo citar algunos puntos. 

Hemos compatibilizado los textos de la Carta a los Romanos acerca de la predestinación con el magisterio acerca de la libertad humana. Hemos compatibilizado todos los versículos bíblicos acerca de las imágenes con la veneración cristiana de las imágenes. Podríamos aducir infinidad de textos bíblicos aparentemente contradictorios entre sí. Y todo esta labor se ha hecho de un modo gradual desde el respeto a la verdad, no traicionándola. Algunos de estos puntos citados, en el pasado, parecieron verdaderamente insalvables.

Ahora mismo parece imposible compatibilizar ciertos aspectos de la enseñanza de Juan Pablo II con algunos puntos de la enseñanza del Papa Francisco. Sin duda, el tiempo logrará la síntesis perfecta. Yo tengo mi opinión, que expresé en un opúsculo todavía inédito, porque no he encontrado obispo que conceda el imprimatur o revista teológica que se responsabilice de su publicación.

Yo tengo mi opinión acerca de cuál hubiera debido ser el iter ideal para hacer lo que el Papa Francisco quiere hacer. Mi camino hubiera sido mucho más escolástico, mucho más tradicional. El Papa, en cambio, ha optado por abrir un tiempo eclesial de una cierta indeterminación. Veo claramente los riesgos de emprender ese camino.

En mi opinión, la maduración del mensaje papal conviene que se haga desde la teología, desde la gran teología. Mientras que el camino de abrir la puerta a una constelación de sucesivas tomas de postura por parte de grupos de obispos será casi imposible que no nos aboque a la confrontación.

Es preferible que la aplicación de Amoris Laetitia se lleve a cabo desde el discernimiento y el acompañamiento personal que no que se lleve a cabo a base de declaraciones episcopales normativas. Porque si hay errores teológicos en ese ámbito superior, las consecuencias serán mucho más graves.

Y esos errores fácilmente pueden aparecer, porque la norma parte de la teología: precisamente la norma es materialización de la teología. Y si la teología (coordinadora de ambos magisterios papales) ahora mismo se halla en gestación es difícil que pueda emanar una norma. Una theologia non consummata no puede emanar una norma consummata. Y ni los más optimistas pueden afirmar que se trata de una situación en la que todo está claro. Esto no es una opinión, sino la misma postura oficial de la encíclica. Pues la misma encíclica afirma que no ha querido dar respuesta a todo, porque según ella el magisterio no puede pretender cerrar todas las cuestiones abiertas.

Por eso, desde un punto de vista estrictamente lógico, resulta paradójico que un grupo de obispos afirme poder llegar a dar la norma en una quaestio disputata donde ni siquiera el entero sínodo se atrevió. No lo critico, porque precisamente ésta es una quaestio disputata y caben distintos puntos de vista. Pero, desde un punto de vista meramente lógico, lo repito, constituye una paradoja.

La resolución de los problemas suscitados, en mi opinión, debe hacerse desde la armonización de ambos magisterios papales y no desde la confrontación, con mucha oración por parte de los teólogos y pastores, con mucho diálogo, y con toda la humildad de la que seamos capaces. Ya en el pasado hemos sido capaces (con la ayuda del Cielo) de superar barreras que teológicamente parecían cerrar el paso a toda evolución.


Así que ésta es mi sincera opinión que dije que daría sobre el tema suscitado y acerca del que tantos me han preguntado. El Papa Francisco en la encíclica nos animaba a reflexionar teológicamente con libertad sobre estas cuestiones. Pues estos son mis pensamientos, que creo que he manifestado con cautela y comprensión hacia aquellos que en sus decisiones estoy seguro que no buscan otra cosa que el bien de los hijos de Dios.

martes, enero 17, 2017

En un palacio real


Esta foto es de nuestro último viaje al palacio real de La Granja en Segovia. Hacía un frío terrible. Me gustó mucho el palacio. No el caso de las que aparecen en la foto, pero cuando sales con mujeres de excursión tienes que ir preparado para que pasen dos cosas. La primera es que a las 11.30 una mujer pueda preguntar: ¿cuándo comemos? ¿Pero es que no has desayunado? Sí, sí, por supuesto. ¿Y qué has desayunado? Pues un zumo de naranja y un café. Pues tómate algo allí para aguantar hasta las 2:00. No, no, necesito sentarme y comer ya.

La segunda cosa que también ocurre con frecuencia es que cuanto más friolera sea una mujer más posibilidades hay de que salga de casa sin jersey, sin abrigo y con una ropa totalmente veraniega. Entonces las quejas acerca del frío van reiterándose, hasta que diga: ya no puedo más, necesito entrar en un lugar caliente. Como he advertido previamente, no fue el caso de las que nos acompañaban.

Notas respecto a los posts anteriores: Gracias, Alfonso, por tus comentarios. Alfonso nos explicó los problemas financieros que tuvo la película Silence y que, al final, Scorsese ni siquiera pudo cobrar un salario.

Otro comentarista indicó que la palabra “inquisidor” era inadecuada. Sí, sobre eso ya me di cuenta. La persecución la llevaron a cabo las autoridades civiles. Realmente, no hubo “inquisidores”. No es lo mismo un inquisidor que un gobernador. En el budismo nunca ha existido la figura del inquisidor. Es un detalle que demuestra mucha superficialidad en el guion colocar ese término. Cualquier profesor que hubiera revisado el texto se lo hubiera indicado.

Otro comentarista me pide una palabra acerca de las declaraciones de los obispos malteses acerca de la comunión a los divorciados. No os aseguro nada. Voy a meditarlo y mañana diré algo.

domingo, enero 15, 2017

La película Silencio: un intento cinematográfico fallido (II parte)


Continúo dando mi opinión sobre la película Silencio, entrando ya en detalles más pequeños. Por ejemplo, me han sorprendido muchísimo varios fallos raccord, así como el movimiento nada fluido de los fotogramas en varias escenas de la primera media hora. El alzacuellos de los jesuitas no era histórico, sino una completa invención del modisto holliwoodiense. Fallo este nada despreciable, pues estamos hablando de la vestimenta de los protagonistas. Incomprensible también la melena del superior jesuita que aparece al principio. Ese pelo largo existía en el clero secular, pero no entre los jesuitas. Jamás aparece en los grabados del siglo XVII de los jesuitas misioneros en Asia.

También resulta llamativo que en una película con un presupuesto de 40 millones de dólares no aparezca al menos una pequeña, breve, panorámica de la ciudad en la que se desarrolla más de hora y media de la película. Ese tipo de panorámicas (hoy día magníficamente realizadas) aparecen hasta en las películas de presupuesto muy mediano.

Pero es que no sólo no aparece un plano general aéreo, sino que resulta demasiado evidente que no hay planos panorámicos de ningún tipo. La voluntad de ahorrar dinero se hace miserablemente presente durante toda la cinta.

Buena parte de la cinta se desarrolla en Nagasaki. La vida de la ciudad es totalmente inexistente en la película. No estamos hablando de una población pequeña. En esa época contaba con más de 25.000 habitantes. Tampoco aparece ni de refilón la vida de las prisiones japonesas ni la de los cuarteles militares ni la del palacio del gobernador. Podrían habernos sumergido, al menos, cinco minutos en uno de los templos de la ciudad, cosa muy pertinente dado que uno de los protagonistas estaba adscrito a uno de ellos. Tampoco, nada de planos generales, todo son planos cortos y medios de diálogos filmados siempre a la típica distancia de un telefilm.

Además, resulta llamativo que se haya centrado en una historia tan pobre, cuando cualquiera que haya simplemente hojeado el libro de Reinier H. Hesselink, The Dream of Christian Nagasaki: World Trade and the Clash of Cultures, 1560-1640, puede comprobar lo apasionante que era el momento histórico y social en el que se encuadra la película. Sorprende que la película se centre en lo más tedioso que se podía encontrar en todo este tapiz socio-religioso.


La película se salva algo, tampoco mucho, por lo grandioso de la historia de esos formidables jesuitas misioneros. Pero contado de un modo bastante pesado por parte del director.

La película Silencio: un intento cinematográfico fallido (I parte)


Hoy he visto la película Silencio. Si debo ser sincero, no me ha gustado. Su director es el autor de esa obra tan monstruosamente formidable que es Casino. Pero Martín ya nos había dejado claro hace muchos años que ya había dado su do de pecho y que no era capaz de repetir nada ni lejanamente parecido. Con El aviador ya perdí toda esperanza. Dada su edad, Silencio era su última posibilidad de hacer una obra que fuera su testamento, su última bala: una gran obra de arte por la que ser recordado. Ciertamente tal ha sido voluntad. Pero las grandes obras de arte las hace el que puede, no el que quiere.

La historia para una película se la prestaba en bandeja la inmensa, gloriosa, orden jesuítica. Bastaba contar la historia de algo tan épico como fue la vida exterior (o la interior) de esos gigantes seguidores de san Ignacio para tener ya algo muy grande que contar. Bastaba eso, la mera historia, contada de un modo sobrio. Desgraciadamente, el primer gran problema, el gran problema, de esta película ha sido el guion.

Tres horas, casi, contando tan solo la vida de un jesuita en una jaula es muy difícil que se sostenga en una película. En el fondo, en esencia, la película consiste sólo en ese encerramiento. Silencio parece que va a ofrecer algo más justo al principio. La película se vuelve de nuevo amena (como debería haber sido todo el tiempo) justo al final, cuando cuenta otras cosas. En medio de ese desierto de tres horas, sólo las comparecencias ante el inquisidor mantienen el interés. Pero ese interés se va disipando cuando la película va cayendo en la reiteración. Hay que reconocerlo, el guionista no ha sabido urdir un guion que mantenga un cierto ritmo. A Scorsese le hubiera aconsejado que visionara de nuevo El expreso de medianoche: una historia de un encerramiento, pero con un guion que tiene justo lo que Silencio no tiene.

Por supuesto, las comparecencias ante el inquisidor no tienen nada que ver con las comparecencias, por ejemplo, de Tomas Moro en Un hombre para la eternidad. Tampoco con las comparecencias de Juana de Arco en la película de Dreyer.


Es cierto que Scorsese quería mantenerse en la contención, centrarse en lo psicológico. Ésa era su intención, su buena intención. Pero de buenas intenciones está empedrado el infierno de las malas películas.

sábado, enero 14, 2017

Impeachment: cuestiones jurídicas


Hoy por la noche, en un paseo de hora y media a 4º con un jurista,  hemos hablado del impeachment de un presidente de Estados Unidos. ¿Para ello es necesario que cometa un delito o no?

Cuando hemos vuelto a casa, él y yo hemos mirado varios textos legales. La cosa está clara: diga lo que diga la Constitución, un Presidente será juzgado si la mayoría de los congresistas considera que debe ser juzgado.

No importa que no haya cometido ningún delito. Si dos tercios del Senado le condena, será removido del puesto de Presidente. No hay ningún poder constitucional en Estados Unidos que pueda frenar legalmente ese proceso de destitución; y eso incluye al Tribunal Supremo.

Sobre este asunto hay distintas opiniones jurídicas. Pero resulta evidente que si el Tribunal Supremo pudiera anular un proceso de impeachment, eso significaría que el veredicto no depende realmente del Senado, sino del Senado ratificado (tácitamente o no) por el Tribunal Supremo. Y la Constitución deja claro que es sólo el Senado el que emitirá un veredicto.


Sería muy bueno, de todas maneras, que la posible interacción del Tribunal Supremo frente al Congreso y el Senado quedara perfectamente establecida por la Ley sin esperar a que surja un problema. En mitad de la tormenta es cuando no hay serenidad en la mente para buscar la solución legalmente más justa. Éste es un asunto que debería quedar perfectamente regulado.

Como se ve, siempre hay hilos sueltos en todo ordenamiento legal. Y éste, desde luego, no es un hilo suelto menor. En esta vida hay dos cosas que siempre me han gustado mucho: la Ley y el chocolate. Sin duda alguna, la segunda es una realidad mucho más objetiva que la primera. Pero desgraciadamente no se puede gobernar una sociedad sólo con chocolate.

viernes, enero 13, 2017

Otro viaje a Huesca, éste imprevisto


Interrumpí mi descripción de mi viaje a Huesca porque se murió mi tío y tuve que ir a Barbastro. Eso significa recorrer media España hacia el norte. Antes de salir para coger el tren, me dio tiempo a poner mi artículo sobre los dubia y los cardenales que lo tenía escrito ya desde hacía días.

Me ha apenado no quedarme medio día más para pasear por mi querida ciudad natal. Al menos, he podido saludar a mucha gente que conocí en mi infancia y juventud.

Lo que más me ha alegrado ha sido leer los comentarios de tantos lectores a ese artículo sobre los dubia. Si mis palabras pueden traer paz y unión, me siento completamente recompensado. Devolver la tranquilidad a las almas sencillas, qué misión tan bonita. Y la paz sólo se puede fundamentar en la verdad. La verdad puede ser usada como arma, como piedra que se arroja. La verdad puede ser usada como medicina, como bálsamo.

En mi vida he aprendido a ver el orden sagrado que hay en la Iglesia. Eso no significa que los encargados de salvaguardar ese orden sagrado sean siempre personas perfectas, santas e iluminadas por Dios. Algunos sí, pero no todos. Sin embargo, debemos esforzarnos por ver ese orden sagrado en la Iglesia. La armonía celestial debe ser preservada, a pesar de nuestras limitaciones.

Es difícil ver ese orden sacrosanto cuando uno se encuentra aquí o allí a un pastor que es pecador, soberbio, que no hace oración y maltrata (espiritualmente) a los siervos de la casa. Pero cuántas mayores sean las taras del siervo encargado de otros siervos, mayor debe ser nuestro afán por tratar de ver ese orden divino detrás de la costra.


En mi vida he aprendido a ver el plan divino detrás de las debilidades humanas. La Iglesia DEBE ser defendida sólo por medios eclesiales, por aquellos medios que cuentan con la bendición de Jesús de Nazaret. Reitero mi amor y respeto por todos los cardenales, por todos los obispos, por el Papa, incluso por los presbíteros y diáconos de toda la Santa Iglesia. 

Puedo aseguraros que a cada fiel que aparece por la sacristía de mi convento intento tratarlo con la misma deferencia con que trataría a un purpurado que en ese momento entrase en la iglesia.

Algún comentarista me ha acusado de ingenuidad en la defensa del ordo hierarchicus. Reconozco esa candidez y le pido al buen Dios que me la aumente.

miércoles, enero 11, 2017

Largo artículo acerca los dubia, los cardenales y el Papa

Los dubia, los cardenales y el Papa

Estos días las aguas cardenalicias han estado algo revueltas a causa de las declaraciones del cardenal Burke acerca de la posibilidad de hacer una corrección formal al Papa. La última vez que el citado purpurado se ha referido a este asunto de su corrección al Papa ha sido en la entrevista concedida a Life Site, publicada el 19 de diciembre de 2016. En esa entrevista, respondía varias cosas al periodista. Las voy a transcribir aquí, pero permítaseme mantener aquí las palabras del cardenal en su lengua original. Pues siendo un tema un tan delicado, de ningún modo quiero cambiar ni lo más mínimo sus declaraciones, y si las traduzco será difícil no introducir algún matiz. El cardenal burke dijo:

It´s an old institute in the Church, the correction of the pope.
It´s carried out with the absolute respect for the office of the Successor of Saint Peter, in fact, the correction of the pope is actually a way of safeguarding that office and its exercise.

En otra entrevista (The Catholic World Report, 19 de diciembre 2016), el mismo cardenal decía:

The classic Scriptural basis is St. Paul's rebuking of Peter for his accommodation of the Judaizers in the early Christian Church.

Me gustaría hacer un análisis de esta posible corrección cardenalicia frente a la mencionada corrección de san Pablo, que aparece en el capítulo 2 de Gálatas. Primero examinemos el texto bíblico del que me parece que podemos extraer conclusiones eclesiológicas para nuestro tiempo.
Pero, antes de nada, quiero decir que el tono de este artículo es de amabilidad y cariño hacia el cardenal Burke. El cual me recibió en su casa, en la residencia episcopal de St. Louis, cuando era arzobispo de esa ciudad y fui invitado a dar unas charlas en su seminario. Mi relación con él ha sido sumamente cordial cuando hemos coincidido en unas conferencias que los dos impartíamos en una universidad de Australia, así como cuando nos hemos saludado en Roma

Mis palabras ahora en este artículo, por favor, que no sean vistas como una crítica hacia él. Porque yo estoy con él y con el Papa. Afortunadamente, no tengo que elegir. Puedo estar con los dos a la vez. Mi relación con el cardenal Burke está llena de sincero respeto. Vayamos ahora al texto bíblico que aduce el cardenal.

Previamente al texto de la corrección paulina, observamos en el mismo capítulo que Pablo, tras catorce años de apostolado (Gal 2, 1) subió a Jerusalén a consultar si la doctrina que enseñaba era correcta. E hizo tal cosa en una reunión privada (Gal 2, 2) y lo consulta a los dokousin que se puede traducir por los reputados. Y lo hace para estar seguro de que no estaba corriendo o había corrido en vano (Gal 2, 2).

¿Quiénes eran esos reputados miembros de la Iglesia? Lo dice más adelante: Santiago, Cefas y Juan que eran los reputados pilares (dokountes stiloi, Gal 2, 5). Vemos aquí la actitud de humildad y respeto de Pablo. Lo que va a seguir en esa misma carta (la corrección) debe ser entendido dentro de esta actitud de respeto del Apóstol.

Más adelante, cuando Cefas fue a Antioquía, me opuse a él en su cara, porque él se condenaba a sí mismo (Gal 2, 11). El verbo griego “anthistémi” que he traducido por “oponerse” significa con toda exactitud tomar una posición en contra. De anti + histemi (estar de pie). Y poco más adelante añade que a Pedro otros judíos se le unieron en esta hipocresía (Gal 2, 13).

Perdóneseme que desmenuce este texto con todos sus detalles, ofreciendo una versión literalísima del griego, pero si la corrección del cardenal Burke se produce, todos van a aducir este texto y conviene saber con exactitud qué dice esta parte de Carta a los Gálatas. O, dicho de otro modo, qué sucedió exactamente, pues para saberlo no contamos con otro relato que el de ese texto de las Escrituras. Añado para acabar un último versículo:

Pero cuando vi que ellos no caminaban rectamente (orzopodousin) a la verdad de la Buena Noticia (o Evangelio), le dije a Pedro delante de todos: Si tú, aunque judío, vives como un gentil y no como un judío, cómo puedes obligar a los gentiles a vivir como los judíos (Gal 2, 14).

La palabra clave es delante de todos (emproszen panton). ¿San Pablo le reprendió delante de toda la comunidad o discutió el tema sólo ante la presencia de los pastores? Hay que reconocer que ese delante de todos admite esa doble posibilidad. No está de más, en este momento de la reflexión, recordar las palabras de Jesús respecto a la corrección. La traducción exacta es ésta: Si tu hermano peca contra ti, ve y repruébalo entre tú y él a solas (Mt 18, 15).
Examinemos todos estos elementos ahora que los tenemos delante y preguntémonos: ¿Hubiera san Pablo avergonzado a Pedro delante de todos si hubiera podido transmitirle su mensaje a solas? Parece claro que no. No sólo por las palabras de Jesús, el cual expresamente enseñó que la corrección se hiciera a solas. Sino también porque cuando Pablo tuvo que consultar si él estaba en lo correcto, tras tantos años de apostolado, lo hizo en privado. No parece lógico pensar que Pablo hizo los demás, lo que él no quiso que se hiciera con él: es decir, una corrección pública.

Cuando hablamos de la comunidad de Antioquía, ¿de cuántos miembros estamos hablando? Sin duda, en el peor de los casos de varios cientos de miembros. Antioquía era la ciudad más grande del Imperio después de Roma. No está claro cuántos habitantes tenía. Algunos elevan hasta medio millón sus habitantes. Esto sería el máximo absoluto. A eso hay que añadir que la comunidad hebrea en esa ciudad era especialmente numerosa. Y habían pasado más de catorce años desde la conversión de San Pablo, así que esa comunidad podía contar incluso con mil o dos mil cristianos.

Estamos, por tanto, hablando de una iglesia que va de varios cientos de personas a un par de miles, en ninguno de los casos podían reunirse todos en un solo lugar. Por lo tanto, ese delante de todos no puede referirse a toda la comunidad, eso es seguro, sino a un grupo de los creyentes de Antioquía. ¿San Pablo le reprendería delante todos indistintamente? ¿Le reprendería delante de laicos y presbíteros (y probablemente de un obispo o varios) lo cual inevitablemente crearía división? No parece ésa la opción más prudente. Cualquiera de nosotros, hubiera preferido no hacerlo así. Reitero que en ese momento, de hecho, ya no era posible hablar de una sola vez a todos los cristianos de Antioquía, la comunidad cristiana más numerosa del Imperio; en todo caso, sólo en Jerusalén había más cristianos. Ese delante de todos, sin duda, era un grupo más limitado que la entera comunidad antioquena.

Lanzar un tema tan conflictivo, que tantas disensiones iba a producir, en medio de una porción indiferenciada de la comunidad no parece la postura más inteligente. Éste era un asunto para ser discutido con calma, no en medio de gritos y agitación. Así que ese delante de todos, razonablemente podemos pensar que se refiere a una reunión de pastores, maestros y evangelizadores. ¿Por qué pensar eso? Por la enseñanza de Jesús, porque Pablo así lo hizo al ir a Jerusalén y porque materialmente no podía ser una reunión general de todos los cristianos de esa ciudad.

Es cierto que la enseñanza de Jesús añadía lo siguiente: Si después de hacerle ver la falta, incluso con testigos, sigue sin escuchar, Jesús dijo: Si además no les escucha, díselo a la iglesia (Mt 18, 17). Pero eso no se puede aplicar a los pilares reconocidos del edificio eclesial. No es la comunidad eclesial la que puede juzgar a los mismos fundamentos de la Jerusalén Celeste (Ap 21, 19-20). Esta imposibilidad se puede afirmar de forma tajante en el caso que refiere San Pablo en Gálatas 2, porque Jesús dijo que si tampoco escucha a la iglesia que sea para ti como un gentil y un publicano (Mt 18, 17). Por lo tanto, la apelación a la comunidad en general no puede ser para desechar a uno de los doce Apóstoles.
Si uno de los doce Apóstoles se equivocaba en algo, si hubiera pecado en algo, tras la corrección en privado, sólo hubiera quedado apelar a hablar con otros reconocidos pilares de la Iglesia para tratar de reconducir las cosas. En ningún caso, se podía invocar la instancia de la denuncia ante la Iglesia en general. Desde un punto de vista bíblico, ese camino no se puede seguir por antieclesial. No se puede reconducir a la ortodoxia a alguien a través de un camino contrario a la eclesialidad.

No sólo el texto bíblico aducido por el cardenal sirve en este caso, sino que la contextualización con otros textos, muestra que san Pablo jamás hubiera apelado a la comunidad para reprender a Pedro. Además, el análisis concreto del verbo griego anzistémi, lo que significa es que sostuvo una postura contraria a la de Pedro. Pablo sostuvo una tesis opuesta ante una reunión de pastores en la que se discutió este asunto. Con el mismo texto griego, véase lo distinto que es afirmar una cosa u otra:

Opción A: Pablo reprendió públicamente a Pedro delante de toda la comunidad.
Opción B: Pablo sostuvo una postura opuesta a la de Pedro en una reunión de pastores reunida para discutir ese asunto.

¿El texto griego admite las dos posibilidades interpretativas? El verbo anzistémi no significa, realmente, “reprender” sino “sostener una postura opuesta”. Si a eso se añade la conjunción de todos los textos aducidos, en mi opinión, todo induce a pensar que lo que sucedió fue la segunda opción.

        Después de haber revisado los textos, analicemos la situación creada en la actualidad. Los cardenales tienen el deber de decir de dar su sincera opinión al Papa si consideran que en algo se equivoca o que algo lo está haciendo mal. Insisto, no es que los cardenales puedan hacer eso, es que deben hacerlo. El Sucesor de Pedro puede equivocarse en toda aquella afirmación que no está amparada por el dogma de la infalibilidad papal. Afirmar que el Papa no se equivoca en todo lo que dice en todo momento sería una herejía.
        Si el camino que se debe seguir para la corrección de cualquier obispo de cualquier diócesis, por pequeña que sea, nunca puede ser la apelación a la comunidad, tampoco el modo elegido para la corrección del Sucesor de Pedro debe ser otro que el camino eclesial: a solas o en una reunión de cardenales. La apelación a la entera comunidad destruye la autoridad de ese pastor. La denuncia pública en materia de fe no es aceptable, porque las ovejas (por fieles y espirituales que sean) no pueden ser juez de su pastor. En una confrontación de este tipo, la cuestión no es quién tiene razón: aunque el que corrige tenga razón, su acción será inútil; y si no tiene razón, el mal contra el pastor estará hecho. No está de más recordar que una corrección formalmente puede ser privada, pero el que corrige puede encargarse de que se haga del domino público. Una denuncia pública puede presentarse bajo el aspecto formal de una duda o de un problema de conciencia. En estos casos, el sentido común indica qué es, de hecho, cada acción.
         
Analizemos ahora esta cuestión desde un punto de vista lógico. El cardenal Bruke pide una clarificación, no afirma que el Papa sea un hereje. Luego si admite que cabe una interpretación ortodoxa de esos puntos de Amoris Laetitia, el mismo purpurado puede responderse a sí mismo. Si lo que piensa es que la intención del Santo Padre era incorrecta al redactar esos puntos, resulta imprudente pedir que clarifique un punto doctrinal aquél mismo redactor cuya intención no era correcta.
        Desde un punto de vista meramente lógico, la cuestión se resume en dos opciones:

Opción A: El texto materialmente admite una interpretación ortodoxa. Luego el mismo cardenal puede dársela.

Opción B: La intención papal respecto al texto era incorrecta. Luego no debe pedirse una interpretación al que se juzga inadecuado para ello.

En los dos casos, la exigencia de una clarificación resulta ilógica con independencia de quién tenga razón. Y en mi opinión, los dos tienen razón. Tanto el cardenal Burke al reafirmar la doctrina tradicional (que es expresión de la verdad) como el Papa al insistir en un nuevo modo de acoger a los alejados, pero sin negar el magisterio precedente. La postura papal es de adición, no de sustracción. Así debe ser leída por los fieles.
Sigamos con un análisis lógico de la situación. Si no cupiera una lectura ortodoxa de Amoris Laetitia, si el Papa realmente hubiera traicionado la doctrina magisterial, el mismo cardenal Burke sería culpable de falsedad al haber afirmado que el Papa no ha caído en la herejía: No, I am not saying the Pope Francis is in heresy (respuesta que el cardenal Burke dio a The Catholic World Report en la entrevista del 19 de diciembre 2016).
Se mire como se mire (desde un punto de vista bíblico, lógico o eclesial), mi opinión es que un cardenal no debe públicamente decir a toda la Iglesia que va a hacer un acto formal de corrección a un Papa; ningún cardenal debe hacer eso a ningún Papa. En privado o en sus reuniones a puerta cerrada, no solo puede, sino que debe decir lo que en conciencia crea que ha de decir. Lo que en privado puede ser un acto virtuoso, deja de serlo al airearlo. Recuerdo, una vez más, que no entro en el fondo del asunto doctrinal debatido, sino en la cuestión si el modo de corregir es adecuado o no. El objeto de este artículo es eclesiológico, no doctrinal.
Si el cardenal tuviera razón en el modo de corregir, entonces (en el ámbito de una parroquia) un coadjutor podría decir públicamente a los fieles que va a corregir a su párroco en base al texto de Galatas 2. Como siempre se ha dicho: los trapos sucios se lavan en privado. Por supuesto que esto no vale para ocultar bajo la capa del silencio actos delictivos tales como la pederastia. El amor a la Iglesia no puede ser la excusa para dejar impunes a los culpables de delitos civiles y penales.

Pero para los demás casos, es decir, cuestiones verdaderamente intraeclesiales, vale la máxima anterior de que los trapos sucios no se airean a los cuatro vientos. Esta máxima vale para el modo de actuar con un párroco, con un obispo diocesano o con el Papa, sea quien sea. Creer en la infalibilidad pontificia (cuando habla ex cathedra) implica estar seguro de la falibilidad papal en su actividad ordinaria. En el Papa, ni la gracia de estado ni su santidad personal ni las oraciones de toda la Iglesia le privan de su falibilidad. Pero el camino que debe seguirse en el ajuste de las cuestiones doctrinales es el camino correcto, el que nos enseñó Jesús, el que estoy convencido que siguió Pablo en Antioquía.

No se puede decir que it´s an old institute in the Church, the correction of the pope, porque no es así: la corrección pública del Sucesor de Pedro nunca ha sido un camino ni adecuado ni lícito ni prudente de ejercer la obligación de aconsejar al Santo Padre. El diccionario Merryam-Webster traduce “institute” como an elementary principle recognized as authoritative. No se ve cómo se puede considerar la denuncia pública de cualquier pastor por parte del inferior como un principio conveniente para el funcionamiento de la Iglesia. No resulta apropiado que el inferior corrija públicamente al superior.

Sin ninguna duda, los santos siempre actuaron de un modo exquisito: reformar sin dañar el edificio eclesial, corregir sin avergonzar. Todo cardenal es un colaborador, el Vicario de Cristo es el Pastor de pastores. Supongamos que no tengo razón en lo que he dicho, entonces yo podría criticar públicamente lo que no me pareciera bien en mi obispo. Y cuando mi obispo me preguntara por qué hacía eso, le podría responder que también Pablo se opuso a Pedro en Antioquía. Evidentemente, no fue ése el modo en el que actuaron los santos, ni siquiera san Pablo como he intentado mostrar antes.
Quiero y estimo al cardenal Burke. Mi análisis ha sido teológico. De ningún modo juzgo las intenciones del purpurado ni su persona. En mi interior estoy convencido de que ha actuado y actúa de buena fe. No tengo por qué pensar que ha hecho esto por ninguna otra razón que el amor a la Iglesia. Estoy seguro de que su amor al Solio de Pedro es intenso y su vida ejemplar. Pero dado que su advertencia de una posible corrección al Papa ha sido escuchada por toda la Iglesia, me ha parecido útil analizar teológicamente esta interesante situación. Si vuelvo a ver al cardenal, le besaré su anillo con toda la devoción y cariño que él me inspira.

En el presente escrito, mis reflexiones han ido encaminadas a la eclesiología subyacente en la situación creada, pero permítaseme decir unas brevísimas palabras acerca del objeto en disputa. En mi modesta opinión, Dios, a través del Papa Francisco, está pidiendo a toda la Iglesia que, sin negar absolutamente nada del magisterio de san Juan Pablo II, hagamos lo posible por aplicar esa verdad del modo más bondadoso posible. Juan Pablo II mostró la verdad objetiva con su enseñanza. Ahora el Papa Francisco intenta acoger de un modo benigno a las almas que no se ajustan plenamente a esa verdad. Dios nos está diciendo cosas a través de este Papa. La lectura de ambos Papas es de adición, no de sustracción.

Será el tiempo, la labor reposada de los teólogos, la meditación de los obispos durante unos años, la que logrará una síntesis entre la defensa del esplendor de la verdad, por un lado, y el deseo de acoger a todos los que no se adecúan al plan ideal del Creador. Pero para eso se necesitan unos años y calma, no presionar para que se den respuestas autoritativas ya a todas las preguntas. Considero que la mejor respuesta a los dubia de los cardenales es decirles pacíficamente, mansamente, que se precisa de un tiempo de oración y meditación para conjugar el esplendor de la verdad con el amor que nos impulsa a abrazar a todos los que no viven de acuerdo al plan ideal de Dios.
Si a alguien no le ha satisfecho la respuesta que ya ha dado la Cabeza de la Iglesia en Amoris Laetitia, la solución no está en forzar una nueva respuesta a la primera respuesta. ¿Acaso no podría ser, de nuevo, completamente necesaria una tercera respuesta a la segunda? Lo mejor ahora es dar a la Iglesia entera un tiempo de oración y reflexión.



El gélido monasterio de san Juan de la Peña



Lo primero que visitamos en nuestro viaje fue el monasterio de San Juan de la Peña. Qué cenobio tan pequeño, tan primitivo y tan impresionante. Una verdadera reliquia medieval. Una cápsula del tiempo perdida en medio de las montañas. 

Una y otra vez no podía dejar de imaginarme allí a cuarenta monjes moviéndose por las pequeñas dependencias de esa abadía, orando en la oscura iglesia prerrománica de dos naves, viviendo siempre en la sempiterna humedad de ese monasterio ubicado bajo una peña colosal. Una vida siempre a la sombra. Nunca le da el sol a esa abadía.

Me imaginaba a los monjes salmodiando en la posterior iglesia románica. Allí (con mi mente) colocaba el coro en su lugar, cubría las paredes con coloridos frescos, situaba manteles de diversas telas sobre los tres altares de los ábsides. Mi imaginación se entusiasmaba ante ese marco benedictino tan peculiar como es un monasterio situado bajo una roca.


He de decir que yo llegué al monasterio más muerto que vivo. Mareado a más no poder por las curvas de la carretera. Estaba yo más mareado que el Papa con los dubia de los cardenales.

martes, enero 10, 2017

Mi viaje a la fría Huesca, mi tierra


Hace unos días viajé a mi tierra: Huesca. Fueron unos días felices. Felices, ante todo y sobre todo, por la amistad de quien me acompañaba. Amistad a la que llamaré Bogdan. En mi blog soy muy cuidadoso de mantener la intimidad de las personas que me acompañan en mis viajes largos, excursiones cortas o cenas. En las fotos sólo aparecen quienes quieren aparecer.

Bogdan fue un lector que apareció en mi vida hace años. Vivía lejos, pero cuando nos encontramos nació una amistad que estoy convencido de que seguirá para toda la vida con la misma intensidad.

No voy a extenderme en las virtudes y cualidades de Bogdan, pero realmente es una de las personas a las que más quiero sobre este planeta. Por eso compartí estos días con él en la felicidad de unas montañas y bosques sencillamente espectaculares. El frío hubiera echado atrás a cualquiera que no fuera Bogdan y yo. Sólo había que ver los muros de carámbanos flanqueando la carretera hacia san Juan de la Peña para ver el frío que hacía. El frío se veía. Incluso al mediodía la temperatura no subía de 6º.


Moviéndonos durante el día no se sentía el frío, el cuerpo se calienta rápido. Pero por la noche la mordedura del aire se sentía de forma agresiva. En los pueblos del Pirineo, no había ni un alma por las calles desde las seis de la tarde. Por si alguien piensa que exagero, este sábado en Benasque hará -12º. Aunque nosotros nos movíamos por la noche a unos -4º. Yo voy sin gorro porque en la cabeza no siento frío. Cosa rara, casi todos los calvos sienten frío en esa parte. Si me pongo gorro, empiezo a sudar en esa parte de mi cuerpo.

La foto es de la parada que hicimos en Jaca. En la foto se me ve con mi manteo. Me lo hice para Roma, pero este año me he animado a llevarlo de forma habitual.

lunes, enero 09, 2017

¿Puede la Iglesia corregir al Papa? (Segunda parte)


Como bien saben los teóricos del Derecho Constitucional, un Estado no debe albergar en su seno dos tribunales supremos. Porque todo irá bien cuando en todo haya acuerdo. Pero todo irá mal cuando comience a haber divergencias. Esto es un principio tan sencillo que apenas requiere argumentación.

En España, sea dicho de paso, tenemos un Tribunal Supremo y un Tribunal Constitucional. Pero ambos tienen campos distintos. Y en caso de conflicto entre los dos, es el Tribunal Constitucional el que determinaría de forma única, vinculante e inapelable si lo que determina el Tribunal Supremo es constitucional o no.

Este principio del Derecho acerca de que sólo puede haber un Tribunal Supremo vale para un Estado y para el Reino de Dios sobre la tierra. Dios que todo lo hace con tanta sabiduría ¿no estableció tal principio en su Iglesia? Evidentemente, sí: Prima Sedes a nemine iudicatur, la Primera Sede no es juzgada por nadie.

Si el mismo Concilio Universal pudiera juzgar al Papa, se destruiría el orden claro, nítido, transparente que rige el ordo ecclesiasticus. La Iglesia no puede corregir al Papa, porque los fieles no pueden hablar por sí mismos formando un coro unánime y perfecto. Porque un cuerpo habla por su cabeza, y la cabeza es el Papa.

Sería falso decir que el Pueblo fiel habla a través de sus obispos, porque los obispos no representan a sus rebaños. Lo repito: el obispo no representa a sus fieles.

Luego si la Iglesia no puede hablar sin cabeza, si los obispos no representan al pueblo fiel, ¿qué significa que la Iglesia puede corregir al Papa como ha afirmado el artículo que cité ayer? Eclesiológicamente no es posible.

Alguien dirá: ¡el concilio universal! Pero la Ley de la Iglesia es clara al respecto: el Concilio Universal no está por encima del Papa. Algunos afirman: el Papa puede ser hereje. Eso no es posible. Pero es que si lo fuera ¿quién declara hereje a un Papa? La Iglesia, no porque no tiene una voz. Unos cuantos obispos, no. El concilio universal, no. ¿Quién por tanto? ¿Los ángeles del cielo? ¿Una voz que habla desde el cielo? ¿Los blogs de la blogosfera?

Los cardenales durante la sede vacante se reúnen en un lugar del mundo, oran, dialogan, se escuchan, piden la iluminación del cielo: una vez elegido el Vicario de Cristo ya no hay marcha atrás. ¿Creemos que existe Dios o no? Hay cosas que dependen de Dios, no de los estamentos inferiores.

No hace falta repetir que creo que el Papa puede equivocarse siempre que no hable ex cathedra. El Papa puede ser incluso deleznable: pero no puede ser públicamente corregido. No puede hacerse tal cosa sin quebrantar algo tan sacro como el Ordo Ecclesiae.

¿Y si se hace? Después vienen los ayes. Se juega con fuego y después las cosas se van de las manos. Al final, por querer defender la ortodoxia, se provoca que un daño que, a la postre, es mayor.

Acabo con estas palabras de san Cipriano:

La Iglesia, envuelta en luz divina, extiende sus rayos sobre el mundo entero y, con todo, constituye una sola luz que se difunde por doquier sin que su unidad sufra división.

domingo, enero 08, 2017

¿Puede la Iglesia corregir al Papa?


He leído el artículo “Cuando la Iglesia corrigió al Papa” de Infovaticana y me gustaría hacer algunos comentarios a sabiendas que esa web no sólo me permite disentir con ellos, sino que me estimula a ello.

Ayer hice mi rato de oración de la tarde viendo media hora de La Pasión de Mel Gibson. Viendo, meditando y orando los sufrimientos de Nuestro Señor aparece, como parte de ellos, la negación de Pedro. Parece difícil ver como defensor último de la Verdad a un Pedro que llorando se presenta ante María, y que llorando está al borde de la desesperación por su traición.

Pedro NEGÓ a Cristo. El defensor último sobre la tierra de la pureza de la ortodoxia le negó. Ahora bien, le negó a nivel personal. No por defender a Pedro a toda costa digo esto, sino por amor a la verdad, hay que reconocer que la negación fue personal. Uno es ese individuo al borde de la desesperación y otro es el maestro de la fe que colocaba en mitad de la asamblea para exponer y profundizar en la fe. Esto no es defender al pobre Pedro a toda costa, sino que forma parte de la verdad reconocer estos dos aspectos en la misma persona.

El caso de Honorio I aducido por Infovaticana es un triste caso en la Historia de la Iglesia. Se pueden llenar un centenar de páginas explicando en qué consiste ese triste episodio. Pero todo se resume en unas pocas líneas:

-Tras la muerte de Honorio I, éste fue acusado por algunos de negligente en la defensa de la ortodoxia respecto a un punto de la fe.

-Un concilio le condenó y san León II ratificó la condena. Pero, dado que Honorio I no afirmó nada contrario a la fe, la condena debe entenderse en el sentido de que no defendió la verdad cuando debería haberlo hecho.

Esto es todo. Ahora bien, si Honorio I fue negligente en la defensa de la ortodoxia (si lo fue, porque también de este Papa se puede hacer una apología), el tercer concilio de Constantinopla hubiera hecho un gran servicio a la Iglesia si hubiera sido más preciso en qué era lo que se condenaba de Honorio. Todos los expertos coinciden: su posible negligencia.

Claro que, dado cómo estaban las cosas, tal vez hasta nos podemos alegrar de que las cosas quedaran como quedaron en ese concilio. Es muy fácil juzgar ahora (con la claridad teológica de la que gozamos ahora) a los hombres de esa época. Desde la altura de 22 concilios ecuménicos sí que se juzga con comodidad.

La relación entre el papado y los obispos en la custodia de la Verdad es de armonía. Como en un sistema solar en el que cada astro tiene su órbita propia, pero todos se interrelacionan. Ahora bien, si tras veinte siglos algo ha quedado claro es que el Papa no puede ser juzgado por nadie, ni siquiera por el concilio universal.


Por eso, es errónea la frase del citado artículo la Iglesia puede sentenciar negligencia en el deber del Sumo Pontífice de combatir el error. La Iglesia no puede sentenciar nada contra el sucesor de Pedro. Todo miembro de la Iglesia puede dirigirse al Papa en privado y hacerle notar lo que desee. Pero públicamente, cuando nos dirigimos a él, debemos recordar que es Vicario de Cristo, el dulce Cristo en la tierra, el garante último de la ortodoxia.

Sobre el ecumenismo del Papa Francisco












Dado que el tema del ecumenismo en la Iglesia está generando no pocas tormentas en algunos católicos, he querido ofrecer a los lectores mis cuatro posts sobre el encuentro del Papa Francisco con los luteranos en Suecia, por si a alguien le sirven como medicina al alma:

Primer post

Ahora, como en tantas otras ocasiones, resuenan en mis oídos las palabras de Juan XXIII en su discurso de apertura del Concilio Vaticano II, un discurso histórico, grandioso, inspirado, en el que el Sucesor de Pedro dijo cosas nuevas, realmente nuevas. La voz de ese gran pontífice resuena en la Iglesia también ahora y sus palabras valen para nuestro momento histórico. Entresaco algunas líneas. Los subrayados en rojo son míos:

El supremo interés del Concilio Ecuménico es que el sagrado depósito de la doctrina cristiana sea custodiado y enseñado en forma cada vez más eficaz.

Una cosa es la substancia de la antigua doctrina, del depositum fidei, y otra la manera de formular su expresión.

Siempre la Iglesia se opuso a estos errores. Frecuentemente los condenó con la mayor severidad. En nuestro tiempo, sin embargo, la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad. Ella quiere venir al encuentro de las necesidades actuales, mostrando la validez de su doctrina más bien que renovando condenas.

En tal estado de cosas, la Iglesia Católica, al elevar por medio de este Concilio Ecuménico la antorcha de la verdad religiosa, quiere mostrarse madre amable de todos, benigna, paciente, llena de misericordia y de bondad para con los hijos separados de ella.


Cuando releo estas palabras, no puedo evitar recordar el tono de voz de aquel inmenso y humilde Papa verdaderamente providencial. Almas tranquilizaos y recordad lo que significa la expresión Vicario de Cristo en la tierra.